Trazaba negras líneas con fuerza
manchando el papel con el carboncillo
que no debía gastar en ese preciso lugar,
cada línea imperfecta transportaba un aullido de su emoción,
líneas disparatadas que formaban un dibujo espectacular
de lo que era capaz de adivinar su mano.
Ensanchaba su boceto para liquidar más esa inquietud
encargada de secuestrar sus sentidos que,
deseosos y egoístas,
querían plasmarse en el mundo real.
Mezclaba su propio estilo con el de otros,
creando lo que parecía un collage
sin la necesidad de recortar imágenes de revistas;
seccionaba su cerebro pedazo a pedazo,
exprimiendo cada turbación que le exigía llorar.
Sus lágrimas resonaban como ultratumba al rebotar en la mesa,
manchando su dibujo aún más,
pareciendo música nerviosa al son del rechinar de sus dientes,
ahogando su silencio absorto en gritos perdidos.
Nunca terminaba de dibujar su voz…
Era esclava de sus emociones pero libre en su arte.