Miré el reloj. Me calcé las deportivas y apremié a mi padre.
-¡Llegaremos los últimos!
HabÃamos quedado con mis tÃos y mis primos, que habÃan venido a Salamanca, a casa de los abuelos, a pasar la Noche Vieja.
Ya en la calle, ataviados con el sombrero que habÃamos decidido lucir el clan familiar, me sorprendió que el primero en bajar fuera mi abuelo. LucÃa orgulloso el sombrero.
-¿A quién se lo has birlado?
Bromeé, aludiendo al hecho de que se trataba de un atuendo exclusivo para realizar la San Silvestre de ese año.
-Es el mÃo.
-¡Cómo si fueras a correrla también!
No vi el dolor en sus ojos, pues solo sentà el codazo que me asestó mi primo y la mirada de odio lanzada por mi padre.
Sorprendentemente el abuelo la completó, con nosotros, y al entrar me dio la mano. Ese gestó fue el mejor regalo de Navidad.