Hacía un frío típicamente charro. Pero ahí estaba yo. Esperando la salida en el Paseo de San Antonio. Empecé a subir con buen ritmo por el Paseo de Canalejas, pero al llegar a la Plaza de España noté que me ahogaba. Hice una breve pausa y seguí. Al alcanzar la Plaza Mayor, sentí un subidón. Venga, ya queda menos. El tramo por el Puente Romano, con el relente del Tormes, se me hizo durísimo. Al pasar por la Avenida de los Comuneros, supe que podía conseguirlo. Finalmente, bajé llorando por el Paseo del Rollo hasta la meta. Cuando me desperté, estaba en mi cama. A mis noventa años, me hubiera gustado participar en la carrera de veteranos, pero mi salud me lo imposibilitaba. Eso sí, nada me impedía imaginarme cómo habría hecho todo el recorrido. Y ahí era todo un campeón. A soñador, nadie me ganaba.