Advertà que no habÃa corredores delante de mÃ; tampoco me seguÃan de cerca. Me sobraba el aire y corrÃa cómodo, mientras el público me aplaudÃa y vitoreaba mi nombre. Aceleré el paso, y atravesé la Plaza de San Antonio. Entonces corrà aún más rápido, lloré de emoción, y crucé la meta con los brazos en alto, ante la algarabÃa de la multitud.
–¡Gané! ¡Gané! –exclamé con todas mis fuerzas, hasta que mi propio júbilo me despertó.
–¿Qué has ganado? –preguntó mi mujer, recostada a mi lado en la cama.
Observé con desconsuelo mi pie derecho, inmerso en una bota ortopédica que me recordó mi exclusión de la San Silvestre Salmantina debido a un esguince. Y a pesar de que la actividad onÃrica acababa de compensar mi desdicha con un primer puesto ficticio, contemplé desde la habitación las luces del Paseo del Rollo, y soñé despierto que ganaba la histórica carrera.