Las gotas de sudor se confundían con las lágrimas que caían sobre sus zapatos. ¡No hay nada que hacer! dijo el galeno con voz firme, sentenciando su vida. Finalizaba diciembre y era el momento de emprender la carrera de sus sueños, un viaje de despedida por el mundo. Su natal Salamanca fue su primer destino, una carrera solitaria y triste le esperaba, pero advirtió al salir a la calle, que una multitud de personas corrían con inmensa alegría, ¿cómo es posible hacer el último viaje con tanta felicidad? Se preguntaba. Se unió a la corrida, al poco tiempo ya era el primero, todos le aplaudían con entusiasmo, y su tristeza desapareció. Cruzando la meta, alguien tocó su espalda con insistencia; ¿será la muerte?, pensó. Se detuvo y escucho con suavidad las palabras de su madre que decían: hijo ¡despierta! Hoy es el gran día, es la carrera de San Silvestre.