El sudor recorrÃa su cuerpo a pesar del frÃo. El corazón palpitaba rápido mientras, con cada acelerada respiración, salÃa vaho constantemente acompasándose con cada movimiento. Tras doblar la esquina, otra larga recta eterna le esperaba, y todo ello sin poder contemplar las hermosas calles de Salamanca. Le dolÃa todo el cuerpo, y no podÃa más.
A pesar de todo el sufrimiento, multitud de personas en el camino le alentaban. Los corredores, agotados también con su esfuerzo, le daban una palmada en la espalda para animarle a seguir adelante. SentÃa que estaba formando parte de algo tan grande que habÃa congregado a más de media ciudad.
Y apretando los dientes y los puños, paso a paso, llegó por fin a la lÃnea de meta. No fue el primero ni aparecerá en las portadas, pero los vÃnculos y los recuerdos que habÃa formado ese dÃa se convirtieron en el mejor premio posible.