Hay pocas cosas más ridículas que ver a una persona caerse. Y seguro que no hay nada más ridículo, pensé, que ver a un chaval regordete caerse mientras corre en último lugar; así que, por favor, no te caigas ahora.
Pero no podía dejar de proyectar el chasquido de mi cuerpo contra el pavimento y mi esfuerzo por levantarme y mantenerme en la carrera, aunque fuese en la posición donde ya no tienes nada que perder.
Tenía ganas de llorar. Por fin me había decidido a correr una carrera, pero aquí estaba, apoyando mis palmas contra el frío suelo de diciembre para levantar mis rodillas magulladas. Y quería llorar. Vaya ideas que tienes, pensé.
—¡Campeón!
Miré al público. Una sonrisa.
Mamá…
Sudando, despeinada y con el uniforme gris del supermercado todavía puesto. Había venido.
—¡Tú puedes, campeón!
Llorando, me levanté. Abracé a mi madre. Me besó.
Y eché a correr.