En la frÃa mañana de la San Silvestre, Salamanca se llenaba de un mar de colores. Entre los corredores, un joven con una máscara de superhéroe se preguntaba si podrÃa alcanzar a su hermana, que siempre llegaba primero. Con cada zancada, las risas y los gritos de aliento lo impulsaban, convirtiendo el aire en un festÃn de emociones.
Al llegar a la última curva, la vio esperándolo, con una sonrisa radiante y los brazos abiertos. En ese instante, comprendió que no se trataba de ganar, sino de correr juntos, de compartir el último dÃa del año.
La meta, más que un final, era solo el comienzo de nuevos recuerdos, un puente hacia el futuro. Mientras cruzaban la lÃnea juntos, el joven sintió que el verdadero triunfo no era el tiempo en el reloj, sino el amor y la alegrÃa que llevaban en el corazón.