27 DE DICIEMBRE DE 2026

Apenas faltaba una semana. Miguelito estaba nervioso, excitado en aquellas fechas mágicas como el niño que era, ante aquel evento en el que había visto a su padre correr, a pesar de que su venerado padre, Miguel, jamás había ganado nada. Miguelito era consciente de que aquel año tampoco su padre, ni él, ganarían. Ambos iban de la mano una tarde gris, fría, aunque el inicio de la noche ya había hecho que el colorido de los miles de bombillas iluminase una galaxia artificial humana y callejera. Se encontraban atravesando la plaza, aquel rincón acogedor salmantino por donde pasaban tantos vecinos, estudiantes y turistas cada día. El niño, como aquel niño del anuncio de un equipo de fútbol, de repente le preguntó:
-Papá, ¿por qué corremos la San Silvestre?
El padre se quedó unos segundos pensativo, mirándole, y respondió:
-Para ganarle al año un ratito contigo, hijo.