Apenas supe unos días antes que mis running ya estaban listas. Mónica me las preparó a conciencia, pude entender que no se cansara de mirarlas. Salí dispuesto a entrenar por última vez y percibí un cierto sabor a triunfo. Después de todo lo que había imaginado no podía creerme que estaría allí con mi equipación absolutamente impoluta. Ella me otorgó el enorme regalo de ese último aliento antes de enfrentarme a la carrera; con un beso de despedida me habilitó el deseo de volver a casa satisfecho.
Saltaba nervioso en la salida y miraba de un lado para otro en busca de una sonrisa que consolara mis ansias de comenzar. Cuando por fin se desató la marabunta de atletas, empezó a sonar la música y realicé el mayor ejercicio de superación que jamás me había propuesto, convencido que mi rodilla no me iba a fallar.