27 DE DICIEMBRE DE 2026

El último dorsal

Cuando cruzó la meta, nadie aplaudió. Eran las nueve de la noche y la San Silvestre ya dormía. Alfonso, setenta y ocho años, avanzó solo bajo los faroles, con las rodillas pidiendo tregua. En el dorsal aún se leía el número 1024. Lo guardaría junto a las cartas de su esposa. Ella le había prometido esperarlo “al final de la carrera”. Y él cumplía. Corrió por ella, por los años de amor compartidos, por el silencio que queda cuando la respiración ajena desaparece.
Al llegar al arco levantó los brazos, torpes pero firmes. En su reloj, los segundos latían con su corazón. “Llegué, amor”, murmuró.
Entonces el viento movió una cinta caída del arco de meta. Sonó como un aplauso leve, casi humano. Alfonso sonrió. En su pecho, el corazón seguía corriendo, sabiendo que algunas metas no se cruzan: se alcanzan con el alma y el corazón.