**El último dorsal**
El abuelo había guardado su dorsal de la primera San Silvestre Salmantina como si fuera una reliquia. Decía que en aquellas calles descubrió que correr no era huir, sino encontrarse. Años después, cuando el Parkinson le robó el equilibrio, siguió pidiendo que lo lleváramos a la Plaza Mayor cada 31 de diciembre. No corría, pero sus ojos sí.
El último invierno, al acercarnos a la meta, le colocamos un dorsal improvisado en la chaqueta. La gente, al verlo, comenzó a aplaudir con la misma fuerza que a los corredores. Mi abuelo levantó la mano temblorosa y, con voz apenas audible, susurró:
—Ya he llegado.
En ese instante, comprendí que la meta no estaba en los cronómetros, ni en los kilómetros. Estaba en compartir cada zancada con quienes te sostienen cuando ya no puedes correr.