La multitud rugía, pero su cuerpo solo sentía el latir acelerado del corazón. Aquella noche fría de diciembre, el asfalto quemaba bajo sus pies. Sabía que la San Silvestre Salmantina no solo era una carrera, sino un rito: un encuentro con uno mismo, una lucha contra los límites invisibles. Cada zancada era un recuerdo de los entrenamientos bajo el sol y la lluvia, de los días en que pensó rendirse. Sin embargo, hoy no lo haría. Llegó la curva final. La meta estaba cerca, el tiempo se esfumaba, pero la sensación de superar un año entero, con todo lo que conlleva, era su verdadero premio. Al cruzar la línea, no había medalla que comparara con la paz de saber que había corrido por algo más que por sí mismo.