El frío de diciembre muerde las mejillas, pero las calles de Salamanca arden con aplausos. Bajo los arcos de la Plaza Mayor, corredores anónimos se vuelven héroes por una tarde. Entre disfraces, familias y risas, late un pulso común: el deseo de llegar juntos a la meta.
Yo corro con mi hija de la mano. Tiene ocho años y cree que las cuestas pesan más que los gigantes de la Catedral. Le digo que en la San Silvestre no gana quien corre más rápido, sino quien aprende a no rendirse. Sus zapatillas suenan como campanas pequeñas sobre el empedrado. La multitud grita su nombre, y ella sonríe como si Salamanca entera fuera suya.
Cuando cruzamos la meta, sé que no hemos corrido una carrera, sino un recuerdo eterno: la certeza de que cada zancada compartida es una victoria contra el tiempo. El recuerdo de estar unidos.