27 DE DICIEMBRE DE 2026

Aquel precioso rubí, no era más espléndido que la pelirroja que lo portaba y, envalentonado por ese par de camparis, se lo arranché y me di a la fuga confundiéndome con los corredores de la carrera atlética. Campeoné. Recordé entonces al abuelo, que tantas veces se privó de comer por llenarme la panza de manera honesta.
“Campeón, campeón” —gritaba la gente, mas mi corazón gritaba: “Ladrón, ladrón”—. Busqué, entonces, a la muchacha del cabello bermejo para devolverle la piedra escarlata. “Tendré que devolver el dinero también” —concluí con tristeza.
—¡Hey, chica! Este rubí es tuyo. Jamás olvidaría un rostro tan hermoso. Perdona, es que necesito el dinero. No me denuncies, por favor —imploré mientras me perdía en sus labios sanguíneos.
—No es un rubí, tontuelo, es un pedazo de vidrio rojo. Mi abuelo me hizo un collar con él. ¿Tomas un vino tinto conmigo?