Mi aliento no es mío.
Es un vapor compartido que se mezcla con el espectro del de mi padre, que corrió en el ochenta y cuatro, y con el de su padre, que aplaudía desde la Rúa. En Salamanca, el treinta y uno de diciembre, nadie corre solo. Somos un único río de pisadas golpeando la piedra dorada, un cuerpo colectivo que exhala el año que muere.
El frío que sube del Tormes es un cuchillo, pero el corazón es una fragua. Cada zancada no borra el tiempo; lo cincela. Grabamos un último esfuerzo en la piel de la ciudad. Por eso el arco de la Plaza Mayor no es una meta. Es un útero.
Cruzo el umbral, y el aire que jadeo ya no es mío. Es el de todos los que fuimos, y también de los que vendrán.
Renacemos, juntos, y cada exhalación nos hace uno con Salamanca.