Correr la San Silvestre salmantina era una cita a la que no querÃa renunciar. Año tras año, le conmovÃa avanzar por las calles de su ciudad acompasando el ritmo de pies y corazón. Sentir la emoción compartida de competir. El entusiasmo del público que animaba sin descanso.
El médico advertÃa: Ya tienes una edad… Y él, respondÃa que participaba en la categorÃa de veteranos. Que el esfuerzo era el adecuado.
Al cabo, percibió que estaba acompañado por los seres queridos que ya se habÃa ido. La mujer que fue su único amor, el hijo que les dejó ¡tan pronto!, el mejor amigo de la infancia… CorrÃan unidos y alegres.
Algo le quebró por dentro y, al tiempo que caÃa sobre el asfalto, se contempló corriendo sin descanso más allá de cualquier tiempo y lugar e imagino que la muerte era una especie de carrera infinita y ya, no quiso regresar.