27 DE DICIEMBRE DE 2026

Llevaba solo diez minutos junto a la meta cuando lo vi llegar, ni el primero ni el último, simplemente uno más, tranquilo y alegre, como cada año. Charlaba animadamente con su compañero de carrera. Se llevaba la mano al pecho, pero sonreía.

Al cruzar la línea, se despidió de su cómplice con una sonrisa inmensa que surcaba su rostro. Iba echándose la mano al dorsal que le daba suerte y pude notar la impaciencia con que me buscaba de un lado a otro. Cuando me encontró, señalé su corazón y él gritó entre el bullicio: “¡Como nuevo!”.

A pesar del ambiente navideño, era invierno cerrado y empezaba a nevar.
Yo temblaba de frío y mi padre, sin perder su sonrisa, me señaló un café.