Corriendo a toda velocidad, Javier veía la meta brillar a lo lejos. Iba primero, a segundos de coronar la victoria.
Pero entonces tropezó Guzmán, su amigo de toda la vida.
Sin dudarlo, Javier frenó en seco, se agachó y le tendió la mano. Guzmán se levantó entre risas y jadeos.
Juntos siguieron, tomados de la mano, cada paso un eco de confianza y amistad.
La multitud los aplaudía. La línea de meta se acercaba y, al cruzarla, el podio no fue para ellos.
Pero Javier no se lamentó; nunca se había sentido tan ligero.
Porque en aquel instante, más que medallas, habían ganado valentía, lealtad y la certeza de que algunas metas sólo tienen sentido si se cruzan juntos.