La conocí en La San Silvestre, yo corría y ella volaba, dos minutos después había desaparecido. Desde entonces he participado en todas las ediciones, pero nunca he conseguido alcanzarla. Hasta esta, que la tengo a cincuenta metros. Mis piernas no son las que fueron pero he aprendido a dosificar la fuerza y aplicarla en el momento adecuado. Tiro de brazos. Subo la zancada. Ella apenas ha cambiado, continúa flotando, como si a sus pies les fastidiara tocar el suelo. No lleva dorsal, tampoco zapatillas, pero eso, qué importa, dentro de poco estaremos a la distancia de un beso. Fuerzo la maquina. Un relámpago atraviesa mi pierna, acabo de desgarrarme los isquiotibiales a veinte metros del final, corriendo en solitario. Mientras renqueo hacia la meta entre aplausos, por primera vez en cuarenta años, soy consciente de que ella solo ha existido para que yo ganase algún día esta carrera.