Sus ojos me miran con extrañeza, al objeto de ubicar mi rostro, de buscarle un hueco entre las fotografías y recuerdos en blanco y negro que guarda en su caja metálica del Cola Cao, de cuando aquellos desayunos nos sabían a gloria.
Abro la caja y busco los que más le gustan, los que lo mantienen aferrado a un pasado que no olvida; las fotos con la primera medalla, las de la maratón, el dorsal de su primera San Silvestre.
Sus pupilas se calman, olvidan los signos de admiración y las mayúsculas, se sosiegan sobre las mías. Parecen retornar de un largo y tortuoso viaje cuando toma el dorsal y se sube a la mesa a modo de pódium.
– Querida Valentina, esta carrera va por ti.
Antes de arrancarme con el ritual de los aplausos, le saco de su error:
– Papá, Valentina era el nombre de mamá…