No se trataba de una carrera universitaria y, sin embargo, Ángel acampó toda una noche bajo la fachada plateresca de la Universidad más antigua de España reclamando su deseo. Desde 1984 había soñado con embarcar a sus piernas en la San Silvestre Salmantina. Por ello, se enfundó sin titubeos el dorsal como cualquier otro corredor, se zambulló en sus misteriosas calles, comprobó que había alguien junto al reloj de la Plaza Mayor como dicta la leyenda y atravesó el legendario Puente Romano. A pesar de estar inmóvil, Ángel creyó sentir la brisa a su paso y hasta las gotas de sudor en su frente. Manuel, su mejor amigo, llegó exhausto a la meta, se quitó las gafas de realidad aumentada, las giró y le envió un guiño sincero, sabiendo que Ángel lo había acompañado en su cruzada. Juntos pudieron. Manuel había corrido “en cuerpo”. Ángel lo hizo “en alma”.