Mis pasos devoran kilómetros que no acaban. El circuito era un laberinto trazado con sabiduría, donde la ovación del público era el murmullo de una sola palabra: Salamantina.
Siento que cada zancada me acerca al puente sobre el Tormes.
Aparecen las dudas: dolor en las piernas, pecho que quema, cada respiración un recordatorio de los kilómetros recorridos. ¿Vale la pena correr? ¿Y si lo único que cuenta es resistir, paso a paso, aunque me pese cada músculo? La fatiga me susurra rendición; la inercia me invita a quedarme, a detenerme, a abandonar. Ese era mi Muro.
La alarma de mi móvil sonó, armoniosa y cruel: en otro hemisferio, Salamanca estaba a más de diez mil kilómetros.
Me até las zapatillas y salí a entrenar, sabiendo que en algún diciembre, despierto y corriendo, por un instante eterno seré uno más de los que cruzan la meta en la San Silvestre Salmantina.