Corrió para no quedarse parada, otra vez.
Corrió porque pensó que si era capaz de hacer media carrera tendría valor para comenzar todo cuanto tenía pendiente y debía hacer, por los demás, pero sobre todo por sí misma.
Corrió porque supo que, si lograba terminarla, estaría en el camino correcto. Nada le impediría cambiar de rumbo. Nada ni nadie volverían a interponerse en sus decisiones. No sería silenciada. Estaba ahí y sería capaz de continuar, de tomar decisiones.
La había visto durante muchos años. Una mera espectadora más.
Ahora era partícipe. Sabía que estaba en el lugar apropiado.
Llegó a la Calle Libreros y aferrándose a la leyenda estudiantil que tantas veces había escuchado, elevó su cabeza hacia la rana sobre la calavera y sintió que la buena suerte estaba de su parte. Para todo lo demás, solo tendría que sudar la camiseta.