27 DE DICIEMBRE DE 2026

No tengo nombre. Las piedras no solemos tenerlo.
Los humanos insisten en dárnoslo, como si al nombrarnos pudieran poseernos.
Me llamaron talismán, demonio, bonita.
He sido amuleto, arma, testigo.
He visto templos arder, barcos hundirse, amores pudrirse.
Un niño creyó que era el corazón del mundo.
Ellos mueren. Yo permanezco.
Y, sin embargo, los deseo.
Su fragilidad me fascina: corren, aman, prometen, se quiebran.
Celebran la vida como si entendieran el milagro.
Yo los miro desde mi quietud mineral,
envidiando su fugacidad.
A veces sueño con romperme,
volverme polvo, lágrima,
arena entre los pies de alguien que aún no sabe que todo termina.
Ser parte del mundo otra vez,
pero en minúsculas.
Sin peso.
Sin historia.