Entre sombras
Cada finales de diciembre la niebla cae sobre Salamanca como un juramento. Los corredores tiemblan en la plaza Mayor, respirando promesas que se deshacen en vapor. Entre ellos, una mujer con dorsal ilegible se ata los cordones con una calma que hiere. Nadie la conoce, aunque algunos juran haberla visto en otra San Silvestre o en otro siglo.
Suena el disparo y corren por calles que resbalan de sombra y piedra vieja, mientras los pasos se confunden con el eco de campanas lejanas. Ella no parece cansarse, avanza sin ruido, esquiva, casi transparente. Unos aseguran haberla visto doblar por la Rúa; otros, cruzar el Puente Romano.
A medianoche las cámaras registran su llegada: la meta vacía, el cronómetro detenido, un dorsal flotando en el aire.
Al día siguiente los periódicos publican la foto y entre la multitud una figura sonríe, la misma, cada año un poco más nítida.