Silvestre siempre fue un tipo simpático. Y un buen papa. Unos meses antes de ser elegido, la mañana en que Constantino firmó el edicto de libertad de culto para los cristianos, se unió al pueblo que corrÃa alborozado por las calles.
Pero no estaba en Roma ni corrÃa el siglo IV. Fuera de su tiempo y su lugar, decidió aprovechar la oportunidad y divertirse un rato. Asà que se sujetó la mitra, se arremangó los faldones y decidió darlo todo en aquella locura de carrera camino del Tormes.
Estaba en la Lusitania. Muchos de los que lo jaleaban no eran cristianos pero compartÃan con él la necesidad de libertad que hace mejores a los buenos hombres. Llegó exhausto a la meta. Entre vÃtores.
A alguien se le ocurrió entonces la idea:
-¿Os habéis fijado en ese hombre? ¡Qué buen santo serÃa para celebrarlo corriendo el último dÃa del año!