Llevo seis meses entrenando para la San Silvestre.
Cada mañana a las seis. Llueva o haga frío.
Mi mujer dice que me he vuelto obsesivo.
Que no duermo bien y ya no hablo de otra cosa.
Que me he vuelto raro.
Tiene razón.
Pero ella no sabe lo que vi el año pasado en el kilómetro cinco:
una mujer de pelo rojo, camiseta amarilla.
Me adelantó sonriendo.
Tenía los ojos de mi madre.
Idénticos
Mi madre murió cuando yo tenía 11 años. Han pasado treinta.
La seguí casi tres kilómetros. Intenté alcanzarla. Grité su nombre.
No se giró.
En la meta busqué su dorsal en la lista.
Sin éxito.
Después miré foros, fotos, vídeos.
Nadie con camiseta amarilla. Nadie con ese pelo.
Por eso entreno. Para estar listo. Para poder alcanzarla.
Mi mujer me ha dejado esta semana.
Dice que he perdido la cabeza.
Mañana es la carrera.