27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cada mañana la veía. Salía dando saltos, atándose los cordones, alzándose la capucha, parándose en el semáforo hasta que se ponía en verde y cruzaba la avenida a un trote ligero, acompasado a la música y al devenir del otoño.
Un día le pregunté: «¿Te apuntarás a la San Silvestre?». Como respuesta recibí un no rotundo. «Lo hago por deporte». «¿Por qué otra cosa iba a ser?», me defendí.
Ese año observé el paso de los corredores, sus fuerzas medidas, sus angustias por llegar en tiempo récord. Ella también vigiló muy de cerca el resultado de la carrera. Entonces la entendí.
Cada mañana la veía. Salía dando saltos, atándose los cordones, alzándose la capucha, parándose en el semáforo hasta que se ponía en verde y cruzaba la avenida a un trote ligero. Yo se sumaba entonces a su carrera, acompasado a su música y al devenir del invierno.