Corría como la que más. Estaba decidida a no parar hasta que se le agotaran las fuerzas. Traspasó la meta en tercer lugar y se paró como hacían todos los demás. Pero pronto advirtió que nadie se acercaba para felicitarla, nadie le daba una botella de agua para calmar la sed y nadie le hacía fotos. Ni, tampoco, le colgaron una medalla. No entendía el por qué hasta que una voz comenzó a chillar mientras la señalaba con el dedo, ¡Una rata!, ¡Una rata! Fue cuando nuestra protagonista comprendió que, por enésima vez, se ha había olvidado de que no pertenecía a la raza humana. Dio media vuelta y salió de allí pitando para reunirse con sus congéneres. Para consolarse se dijo a sí misma que, quizá, no tenía mérito el haber quedado en tercer puesto ya que ella contaba con dos patas más que el resto de participantes.