Un tropezón inoportuno, y sus huesos en el suelo. HabÃa parado el golpe con las manos y, ahora, el dolor le parecÃa insoportable. Miró sus rodillas y vio algo de sangre. A pesar del panorama, se resistÃa a abandonar; permaneció en una inevitable postura de genuflexión para tratar de recuperar sus fuerzas mientras escuchaba el sonido de su respiración inundando el aire. Se dijo que no podÃa más.
—¡Vamos, abuelo, que ya se ve el Paseo de San Antonio! —exclamó impetuosamente una voz junto a él.
Levantó la cabeza y vio a su nieto. Ocupado como estaba en sus negocios, no acostumbraba a participar en esos eventos, pero… allà estaba. Aceptó su mano, se incorporó y reemprendieron la marcha. La cortina de humedad en sus ojos apenas si le permitÃa vislumbrar la pancarta de meta, pero no importaba…