– Lo estaba consiguiendo -pensó mientras esquivaba los pies de los chiquillos que chapoteaban en los charcos. HabÃa roto las reglas al desprenderse de la piel que debÃa habitar, escapando asà de todas esas leyes naturales y racionales del ser humano. Huyó sabiendo que volverÃa pero, lejos de entristecer, saboreaba y exprimÃa cada instante. Nadie podrÃa arrebatarle jamás ninguno de esos saltos, ni la caricia frÃa del viento sobre la piel tersa, ni la libertad que, por fin, estaba experimentando. Lejos de su inmovilidad eterna, de las miradas inquisitivas, del frÃo roce de la piedra sobre la que reposaba desde 1533, sintió que volaba al vivir la carrera que siempre habÃa querido correr.
Cuentan que aquella mañana de diciembre nadie pudo encontrar la rana en la fachada de la Universidad de Salamanca.