Era una mañana tremebunda, con cada rugir del techo la ciudad, asfixiada por el agua, parpadeaba fluorescente. La potencia del diluvio hacÃa crepitar toda superficie metálica y yo corrÃa; corrÃa sin tregua huyendo de los soportales, de las paradas de bus, de todo tejadillo o paraguas. No recuerdo cuanto tiempo duró la carrera; lo que sà conservo es la imagen del instante en que quieta, empapada y exhausta, caà en la cuenta de que habÃa olvidado la razón que me hizo salir de casa.