27 DE DICIEMBRE DE 2026

Era una mañana tremebunda, con cada rugir del techo la ciudad, asfixiada por el agua, parpadeaba fluorescente. La potencia del diluvio hacía crepitar toda superficie metálica y yo corría; corría sin tregua huyendo de los soportales, de las paradas de bus, de todo tejadillo o paraguas. No recuerdo cuanto tiempo duró la carrera; lo que sí conservo es la imagen del instante en que quieta, empapada y exhausta, caí en la cuenta de que había olvidado la razón que me hizo salir de casa.