Llevaba entrenando meses, habÃa conseguido adelgazar más de lo que pensaba y ya habÃa bajado de obesidad a sobrepeso. Todas las tardes corrÃa por el tartán alrededor de una comunidad de atletas entre los que habÃa hecho amigos. Ellos me instaron a que corriera los diez kilómetros de la San Silvestre. Ya estaba preparada.
La carrera empezó rodeada de muchos de mis compañeros, conseguà un buen ritmo y pronto me puse entre los primeros puestos. De repente algo empezó a ir mal, se me nubló la vista y las fuerzas empezaron a fallar. Caà sin darme cuenta, me levanté y seguà dando tumbos. A 100 metros de la meta detrás de mà oà una ovación. Miré para ver a los demás corredores gritando mi nombre sin adelantarme. No gané la carrera, gané mucho más.