Los nervios no le dejaban concentrarse en la carrera. Se tocaba constantemente la mano izquierda para comprobar que la cajita siguiese allÃ, bien atada a la muñeca. Al pasar por la Glorieta de Los Milagros rezó un Ave MarÃa y se encomendó, por supuesto, a San Silvestre. Sus piernas musculadas aguantaban bien el peso de sus sesenta años. No asà los temblores. Nunca en sus años de corredor habÃa sentido en ellas tanta flojera. Al fin se decidió a acelerar el ritmo, no querÃa decepcionarla llegando el último. TenÃa que demostrarle que aún era un buen partido.
Cuando llegó a la meta, vio su sonrisa. Pese a estar exhausto, se arrodilló y desatando la cajita sacó el bello anillo de esmeraldas. «Â¿Te casarÃas conmigo?», le preguntó. Ella comenzó a reir y a llorar: «Â¡SÃ!». Se besaron. Los dos se sentÃan ganadores.