27 DE DICIEMBRE DE 2026

Los nervios no le dejaban concentrarse en la carrera. Se tocaba constantemente la mano izquierda para comprobar que la cajita siguiese allí, bien atada a la muñeca. Al pasar por la Glorieta de Los Milagros rezó un Ave María y se encomendó, por supuesto, a San Silvestre. Sus piernas musculadas aguantaban bien el peso de sus sesenta años. No así los temblores. Nunca en sus años de corredor había sentido en ellas tanta flojera. Al fin se decidió a acelerar el ritmo, no quería decepcionarla llegando el último. Tenía que demostrarle que aún era un buen partido.
Cuando llegó a la meta, vio su sonrisa. Pese a estar exhausto, se arrodilló y desatando la cajita sacó el bello anillo de esmeraldas. «Â¿Te casarías conmigo?», le preguntó. Ella comenzó a reir y a llorar: «Â¡Sí!». Se besaron. Los dos se sentían ganadores.