Él no entiende lo que sucede: quizá sea la primera vez que el ganador de la San Silvestre Salmantina es ignorado por los organizadores, los asistentes y la prensa. Ni agua le han brindado. Nadie, amateur o profesional, ha venido a cerciorarse de que su pulso ande bien. Un señor le sonríe, y sí, es obvio, ha de causar mucha gracia esforzarse y no recibir el consabido premio. Una niña se acerca y le acaricia la cara… bueno, por lo menos un gesto de reconocimiento ante semejante despliegue físico. Una pareja le comparte un snack que le da, al menos, un poco de energía.
—¡Carl, Carl Le-wis, bribón, ven acá! —escucha tras de sí.
Carl voltea: sus ojos se abren como nunca, su lengua cae hasta el suelo y su cola revive como por arte de magia. Ya en brazos de su amiga humana, Carl descubre lo que verdaderamente importa.