Era solo un niño cuando mi padre me llevó a la San Silvestre Salmantina.
Cada año los dos la corríamos mientras que mi madre, con la excusa de poder atendernos cuando llegáramos a la meta, se quedaba tras las gradas animando a todo el que pasara por delante de ella.
Decía que los colores y disfraces de los participantes hacían especial la San Silvestre, llenándola de alegría.
El año del accidente mamá no se colocó detrás de la grada. Sacó los dorsales a los que previamente, sin yo saberlo, nos había inscrito.
Me sitúo al final de todos los corredores, y empujando mi silla hicimos el mismo recorrido que yo había hecho durante años junto a mi padre. Entramos los últimos en la meta, agarrados de la mano, con el dorsal de papá apuntando al cielo, porque sabíamos que, también en esta ocasión, él había participado junto a nosotros