Miguelón ya no corrÃa de lado, apoyando las falanges de sus manos en el suelo. Ahora lo hacÃa con los brazos en paralelo, la zancada larga y la barbilla apuntando cincuenta metros por delante. Poco a poco habÃa conseguido una técnica perfecta. No recordaba ya aquella primera vez, en Atapuerca, después de verla correr con su elegancia, su piel morena y sus poderosas nalgas. Era demasiado rápida para sus huesos entumecidos y coincidir nuevamente con ella se habÃa convertido en una obsesión. La San Silvestre Salmantina era tan solo una carrera más donde esperaba encontrarla. Nadie respetaba el orden de los dorsales y, asÃ, resultaba imposible localizarla. Pero, sin darse cuenta, de carrera en carrera, de siglo en siglo, se modificaron su ilusión y su apetito. HabÃa cogido el gustillo al correr por correr y, además, la hiperoxigenación que experimentaba no tenÃa nada que envidiar al mejor de los orgasmos.