La última reunión familiar fue una pesadilla. Velados reproches, malentendidos, rencores antiguos…Salió a la luz el pasado, la infancia donde no hubo nunca complicidad, ni apoyo ni cariño suficiente, solo el que se daba por hecho. Mis hijos me acusaban a mÃ, porque asà es, el único culpable soy yo. Triunfé, les di todo cuanto pudiera comprarse, les garanticé el futuro y, a cambio, les arruiné su presente: nada de eso tenÃa ya arreglo. Cuando se marchaban, mi nieto mayor me dijo al oÃdo: «abuelo, en tu trabajo, si no habÃa una solución a mano, la fabricabas tú: no creo que no sigas siendo capaz». Yo callé. Estaba avergonzado.
Pero ahora aquà estoy, con él, con mi familia entera. Todos vestidos para correr, con nuestros dorsales, el último domingo del último año en que las cosas no cambiarán.
Salamanca y San Silvestre son testigos: todavÃa soy capaz.