27 DE DICIEMBRE DE 2026

He corrido durante treinta y tres años sin parar.

Primero, me traicionaron mis pies. Luego, mis manos. Los brazos se despegaron del tronco y pronto mi cuerpo se dejó gobernar por la tenacidad de mis piernas. Se acostumbraron a no detenerse. Con los años, los muslos también me abandonaron y mi cabeza se acostumbró a continuar sola, arrimada a la vereda sin desviarse del camino. Se desprendieron mis ojos, orejas y labios. Quedaron aparcados. Pedazos fortuitos se disipaban en el aire. Pronto fueron átomos o moléculas. Continúo atento a cualquier ráfaga, a cualquier empuje del viento que me haga avanzar. Nada me impedirá llegar.