Malaika se coloca el dorsal que le han dado en el centro de menores donde vive desde que llegó a bordo de una cáscara de nuez. Todavía no sabe cómo se ha dejado convencer para participar en esa carrera.
«Tu solo tienes que correr», le había dicho una monitora.
Cuando dan la salida las piernas de Malaika se ponen en movimiento, acompasadas con el resto de su cuerpo flexible de gacela.
Malaika ha corrido descalza muchas veces. Siempre para escapar. Del hambre, de los hombres, de la guerra.
Pero esta vez es distinto. Esta vez nadie la persigue. Esta vez parece volar.
Malaika siente el aire frío en su rostro y la alegría de la gente que la rodea. Gente feliz que nunca ha tenido que correr para sobrevivir. Entonces, Malaika respira hondo, aminora la marcha, y se deja mecer por la multitud.