Correr la San Silvestre es de las pocas cosas que todavÃa seguimos compartiendo. El dÃa amaneció tan frÃo como muestras últimas conversaciones, con nubes negras que amenazaban con desatar su furia sobre nuestras cabezas. Al comienzo de la carrera avanzaste como un tornado, y te perdà de vista entre la multitud. Mantuve el ritmo, y unos kilómetros más tarde, te alcancé. El cielo se habÃa despejado, tus pasos se acompasaron a los mÃos y llegamos juntos a la meta. Yo con un temblor de magnitud siete, a punto de derrumbarme, y tú con los ojos inundados, derramando sobre el dorsal ávidos rÃos de agua salada.
-No te preocupes, dijiste al abrazarme, solo son cuatro gotas.