Severiano se enfundó la bufanda al cuello, cogió su sombrero y enfiló calle abajo a ver la salida de la San Silvestre.
En ese momento, como cada año desde hacÃa muchos; auxiliaba su memoria con recuerdos de aquel año ochenta y cuatro, cuando él y otros trescientos ochenta y ocho participantes recorrieron las calles de Salamanca con apenas público y suscitando escaso interés.
Ahora la mayorÃa iban pertrechados con esas moderneces en los pies, y se veÃan espoleados por la ruidosa algazara del gentÃo.
Su atención se detuvo súbitamente en unos brazos que se movÃan entre un crisol de cabezas y colores; los de su hijo y nietos. Infundiéndole gran ternura este gesto, correspondió el saludo; y haciendo gala de sus costumbres, sacó del bolsillo una estampita de la Virgen de la Vega la cual besó repetidas veces, rogando mentalmente por una buena carrera quedando gozoso como unas pascuas.