Estaba emocionado con la cita de esa noche a través de la agencia de contactos. Con esa descarga de adrenalina fui a la San Silvestre donde, en el Paseo de San Antonio, ya se agolpaban los corredores.
Estoy seguro de que fue mi distracción lo que hizo que no me diera cuenta de que pisaba sus cordones y, cuando se dio la salida, dio de bruces en suelo.
No me explico cómo pudo darse semejante golpe. Mientras las asistencias la atendÃan, comencé la carrera pensando que el tiempo de ese año serÃa el peor de toda mi historia de carreras de San Silvestre.
Cuando llegué a la fiesta, junto a la empleada de la agencia estaba sentada una joven atractiva que llevaba apósitos en ambas rodillas y en los codos y, a su lado, habÃa una muleta con la que darme la bienvenida.