La extrañeza de aquella sensación, que creía perdida y que ahora, de pronto, como de la nada, había recuperado, la hacía sentirse absolutamente libre. El viento le golpeaba en la cara y ella sonreía de pura y auténtica felicidad. Joder, estaba corriendo. Sus brazos se movían al compás de su pecho, el torso semidesnudo, un top y unos shorts a conjunto que alguien, ya no recordaba quien, le había regalado por su treinta y cinco cumpleaños. La respiración fatigada, el cuerpo dolorido pero aún así enérgico, como si cada zancada le alargase la vida. No tenía ya miedo, no sentía ya que huía. Llegaba a la meta. No podía creérselo. Sus prótesis habían aguantado hasta el final.