Salieron juntos cogidos de la mano. Cómplices y enamorados, recorrieron la Alameda. Él le susurró al oÃdo halagos y promesas futuras. Ella le sonrió complacida, ajena al avance de la prueba. Durante la primera mitad del trayecto, ambos dibujaron en sus mentes un paisaje imaginario para el porvenir. En la Plaza Mayor decidieron sincronizarse y comprobar si sus sueños iban en la misma dirección. Sin embargo, a la altura del Puente Romano, el Tormes les pareció un reflejo gélido en una noche umbrÃa. Al alcanzar la avenida de los Comuneros, ambos permanecieron absortos en sus pensamientos. Un sudor frÃo les recorrió el cuerpo en la plaza de Cuatro Caminos. Ya en la meta, aprovecharon el bullicio reinante para elegir caminos diferentes sin necesidad de disculparse. Nunca se volvieron a ver.