27 DE DICIEMBRE DE 2026

La luz del alba y el gélido frío del invierno salmantino me acompañaban en las primeras horas del día. Había llegado el momento. Le prometí que su tradición nunca moriría. Papá me pidió cuarenta y cinco días antes que continuara galopando la “San Silvestre” por él. Unos minutos después dejó de respirar. Ese maldito cáncer me lo arrebató, pero jamás se marcharían sus ganas de acudir a la cita del último domingo del año. El recuerdo me invadió de dolor y emoción contenida. Una lágrima cayó por la mejilla hasta salar mis labios. Durante mis 36 años de vida le esperé en la meta. Ahora era yo quien cogía su testigo, segura de que mi galopante eterno me guiaría y acompañaría por las calles de alma robusta de la dorada Salamanca de Unamuno.