La luz del alba y el gélido frÃo del invierno salmantino me acompañaban en las primeras horas del dÃa. HabÃa llegado el momento. Le prometà que su tradición nunca morirÃa. Papá me pidió cuarenta y cinco dÃas antes que continuara galopando la “San Silvestre†por él. Unos minutos después dejó de respirar. Ese maldito cáncer me lo arrebató, pero jamás se marcharÃan sus ganas de acudir a la cita del último domingo del año. El recuerdo me invadió de dolor y emoción contenida. Una lágrima cayó por la mejilla hasta salar mis labios. Durante mis 36 años de vida le esperé en la meta. Ahora era yo quien cogÃa su testigo, segura de que mi galopante eterno me guiarÃa y acompañarÃa por las calles de alma robusta de la dorada Salamanca de Unamuno.