Mis ojos se cruzaron con los tuyos evitando las gotas de sudor que caían de mi frente. Intentaba recuperar el aliento y entre jadeos me quitaste la respiración. Acababa de llegar a la meta, de los últimos, y tú ya estabas allí.
Tu dorsal marcaba el 121 por debajo de tus pechos delineados a la perfección por la camiseta de lycra. Mi dorsal colgaba de mi cintura y era el 212. Gracias al cielo que ocultaba lo que estaba pasando dentro de mis mallas. Intente enderezarme y respirar con un poco de dignidad. Seguías mirándome. Me avergoncé del aspecto que llevaba. ¿Cómo me convencería mi amigo Andrés para disfrazarme de tortuga? Pero me sonreíste y dijiste:
– Lento, pero seguro. ¿Para todo eres igual 212?
Se me cayó el caparazón al suelo y en ese preciso instante supe que mi premio eras tú.