Anoche soñé que corría salvajemente, respirando en cada jalada que mis extremidades daban. Me cubría una hierba larga y frondosa por la cual solo asomaba la mitad de mi rostro. De repente, mi vista torno abajo y vi que en mí había cuatro zarpas y una piel peluda y manchada. Descubrí que era un ser salvaje y libre que instintivamente disfrutaba de su carrera. Me sentía vivo, invulnerable y eufórico como hacia años que no pasaba. Entonces desperté, entre melancolía e ilusión, pues este sueño mellaba mi alma, las cosas ahora eran diferentes. Sin embargo, una vez preparado, cogí mi bastón, y, como cada año en este día, salí a animar a los valientes corredores que tanto admiraba.