27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cuando mi padre dejó de correr carreras populares por toda España, me dijo que su sueño siempre había sido ganar en Salamanca. En realidad, sólo ganó un par de carreras al principio, cuando era joven y fuerte, cuando no conocía a mi madre, cuando no tenía dos hijos ni un trabajo agotador. Después fue quedando entre los diez primeros, y, cuando yo ya fui consciente de este hobby suyo, sólo decía que corría por participar, y nunca nos revelaba el puesto en que había acabado. Murió diez años después de dejar las carreras, y la gran frustración de su vida fue no haber sido capaz de ganar en Salamanca. Me parecía ridícula esta obsesión de mi padre por Salamanca y por su carrera, la San Silvestre, hasta que recibí una carta de Salamanca remitida por un tal Silvestre Salazar.
Ella se llamaba Sara.