Cuando mi padre dejó de correr carreras populares por toda España, me dijo que su sueño siempre habÃa sido ganar en Salamanca. En realidad, sólo ganó un par de carreras al principio, cuando era joven y fuerte, cuando no conocÃa a mi madre, cuando no tenÃa dos hijos ni un trabajo agotador. Después fue quedando entre los diez primeros, y, cuando yo ya fui consciente de este hobby suyo, sólo decÃa que corrÃa por participar, y nunca nos revelaba el puesto en que habÃa acabado. Murió diez años después de dejar las carreras, y la gran frustración de su vida fue no haber sido capaz de ganar en Salamanca. Me parecÃa ridÃcula esta obsesión de mi padre por Salamanca y por su carrera, la San Silvestre, hasta que recibà una carta de Salamanca remitida por un tal Silvestre Salazar.
Ella se llamaba Sara.